¿Cómo empezar a meditar si nunca he meditado?

Aprender a meditar desde cero
29 de septiembre de 2026

Empezar a meditar es mucho más sencillo de lo que suele parecer.

No necesitamos una habitación especial, una flexibilidad extraordinaria ni media hora de silencio perfecto. Tampoco necesitamos saber detener los pensamientos. Para comenzar basta con encontrar unos minutos, adoptar una postura suficientemente cómoda y prestar atención a lo que ya está sucediendo.

Respirar. Sentir. Escuchar. Estar.

La dificultad no suele estar en comprender las instrucciones. La dificultad aparece cuando intentamos convertirlas en una práctica real dentro de una vida llena de tareas, pantallas, cansancio y pequeñas urgencias.

Por eso, al principio, conviene hacerlo fácil.

Busca un lugar posible

No hace falta crear el espacio perfecto. Puede ser una silla en una habitación tranquila, un rincón del dormitorio o un cojín en el suelo. Lo importante es que durante unos minutos podamos permanecer allí sin interrupciones importantes.

La meditación puede convivir con los sonidos de una casa o de una ciudad. Esperar un silencio absoluto suele ser otra forma de posponerla. Cerramos una puerta si podemos, silenciamos el teléfono y aceptamos que la vida continuará alrededor.

Podemos encender una vela o preparar una taza de té antes de sentarnos si ese pequeño ritual nos ayuda. Pero los objetos no son la práctica. La práctica empieza cuando dejamos de preparar y, finalmente, nos sentamos.

Una postura cómoda y despierta

Es posible meditar en el suelo, pero no es obligatorio. Una silla es perfectamente adecuada.

Apoyamos los pies, dejamos las manos sobre los muslos y mantenemos la espalda erguida sin rigidez. El mentón puede descender ligeramente. Cerramos los ojos o los dejamos entreabiertos. La postura debe permitir que el cuerpo esté estable y que la mente permanezca despierta.

Si aparece dolor, ajustamos la posición. Meditar no consiste en soportar innecesariamente. El cuerpo no es un obstáculo que debamos vencer, sino el primer lugar al que regresamos.

También podemos practicar caminando cuando sentarnos resulta difícil. Caminamos despacio, sintiendo el contacto de los pies con el suelo y observando el movimiento. La meditación adopta distintas formas, aunque para empezar recomiendo aprender también a sentarse en silencio.

Empieza con diez minutos

Diez minutos diarios son suficientes para comenzar. Incluso cinco pueden tener sentido si eso facilita la constancia.

Es preferible sentarse diez minutos con cierta regularidad que meditar cuarenta y cinco una vez, terminar agotados y no volver durante dos semanas. La duración podrá crecer de manera natural. Primero necesitamos que la práctica encuentre un lugar reconocible en el día.

Escoge un momento razonablemente estable. Al levantarte, antes de empezar a trabajar o al final de la tarde. No existe una hora universalmente mejor. Existe la hora en la que realmente puedes hacerlo.

Cuando sea posible, repite el mismo momento y el mismo lugar. La rutina reduce decisiones. Llegará un día en que no tendrás que preguntarte si te apetece meditar, del mismo modo que no te preguntas cada mañana si te apetece lavarte los dientes.

Yo me levanto temprano para practicar desde hace muchos años. No lo hago porque cada mañana me sienta inspirado ni porque a esa hora entre con facilidad en comunión con lo divino. Me levanto y medito porque esa es la hora en la que medito. Nada más. La rutina, cuando está acompañada de amabilidad, puede sostenernos los días en que la motivación no aparece.

¿Qué hago durante esos minutos?

Siéntate. Realiza dos o tres respiraciones conscientes y permite después que la respiración recupere su ritmo natural.

Observa cómo entra y sale el aire. Puedes sentirlo en la nariz, en el pecho o en el abdomen. No es necesario respirar más hondo ni de una manera especial.

La mente se marchará. Recordará algo, organizará el día, repetirá una conversación o imaginará el futuro. Cuando te des cuenta, vuelve a la respiración.

Eso es todo.

No conviertas el regreso en una reprimenda. No has fracasado por distraerte. El momento en que reconoces que te has alejado es ya un instante de atención. Vuelve con suavidad. Diez veces. Cien veces. Las que sean necesarias.

También aparecerán sonidos, sensaciones físicas o emociones. No necesitamos eliminarlos. Podemos reconocerlos y regresar. Con el tiempo aprenderemos a observarlos con mayor amplitud, pero al principio la respiración ofrece un punto de apoyo sencillo.

¿Meditación guiada o en silencio?

Una meditación guiada puede ser una buena manera de empezar. La voz acompaña, recuerda las instrucciones y ofrece estructura cuando todavía no sabemos muy bien qué hacer.

Sin embargo, recomiendo incorporar progresivamente algunos momentos sin guía. Aunque al principio el silencio parezca más difícil, nos permite conocer directamente nuestra mente y dejar de depender siempre de un estímulo exterior.

Podemos alternar ambas formas. La guía ayuda; el silencio profundiza.

No esperes sentirte siempre mejor

La relajación busca reducir la tensión y conducirnos hacia un estado de descanso. La meditación no persigue necesariamente un estado determinado. A veces nos sentiremos tranquilos. Otras veces descubriremos que estamos cansados, preocupados o irritables.

La práctica no ha salido mal por mostrarnos lo que ya estaba ahí.

Meditar no consiste en sustituir una experiencia incómoda por otra agradable. Consiste en aprender a estar con la experiencia presente sin escapar inmediatamente de ella. En algunos días eso traerá calma. En otros, simplemente, un poco más de honestidad.

Volver también forma parte de la práctica

Es posible que medites durante una semana y después lo dejes. O durante un mes. Incluso quienes llevan años practicando atraviesan etapas de menor constancia.

No conviertas una interrupción en un abandono definitivo.

Vuelve.

La meditación se construye de ese modo: sentándonos, alejándonos y regresando. Durante una misma práctica y también a lo largo de los años.

Para empezar no necesitas sentirte preparado. Solo necesitas sentarte unos minutos y descubrir qué ocurre cuando, por una vez, no tienes que llegar a ningún otro lugar.

Jordi Ibern

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