El arte de no tener prisa (aunque todo vaya rápido)

El arte de no tener prisa
28 de abril de 2026

Plum Village

Fue en el año 2011 cuando visité por primera vez Plum Village, en Francia.

Plum Village es una comunidad budista zen fundada por el ya fallecido y muy venerado maestro Thich Nhat Hanh.

No era mi primer encuentro con él. Meses antes había asistido a una de sus frecuentes visitas a España. Pero compartir con él en su comunidad fue algo distinto. Plum Village es uno de esos lugares a los que uno va a recargarse, a curarse, a cuidarse. Un espacio de acogida. Un regreso a casa.

Se trata de una amplia comunidad organizada en distintos hamlets, donde residen cientos de monjes y monjas zen que viven de forma contemplativa lo que se ha denominado “engaged Buddhism” —un budismo que no se retira del mundo, sino que se abre a él y trata de aliviar el sufrimiento allí donde aparece—. Plum Village es, sencillamente, un remanso de paz.

El arte de no tener prisa

A las cinco de la mañana nos despertaba la gran campana. Después, la recitación de unos mantras que, aunque no entendía, comprendía.

Tras un breve despertar en silencio, varios cientos de personas nos dirigíamos al gran salón de meditación, donde ya nos esperaban monjes y monjas para la práctica matutina.

La imagen de cientos de caminantes, en silencio, bajo la tenue luz de un día que se resistía a aparecer, queda grabada para siempre en la retina de quienes la vivimos.
Pura poesía.

El día no parecía tener mucho en Plum Village. Pero lo tenía todo.

Cuando caminábamos, lo hacíamos despacio y en silencio. Siempre llegábamos.

Cuando comíamos —simple, sano y suficiente— lo hacíamos despacio y en silencio. Siempre nos saciábamos.

Cuando hablábamos, lo hacíamos sin prisa. Siempre comunicábamos con claridad.

Cuando escuchábamos, reinaba un silencio respetuoso. Siempre comprendíamos.

Cuando trabajábamos —porque trabajar es parte de la práctica— lo hacíamos con atención. Siempre terminábamos.

Cuando dormíamos, descansábamos.

Cuando todo el mundo tiene prisa

Regresé a Barcelona conduciendo. Compartía trayecto, silencios y conversaciones con una compañera del retiro. Fue un viaje tranquilo.

Nos despedimos sin prisa. Ambos estábamos, de algún modo, impregnados de presencia. La ciudad, no.

Aparqué el coche y caminé hacia casa. Apenas cien metros. Fueron los cien metros más extraños de mi vida.

Las personas parecían atropellarse —y atropellarme—. Las conversaciones se entremezclaban de forma abrupta en mi cabeza. El ruido constante de los coches resultaba agresivo. Todo estaba lleno de gente. Pero nadie parecía estar.

Me senté en un banco. Una inhalación. Una exhalación.

Continué hasta casa.

Ya en el sofá, no trataba de descansar del viaje, sino de esos últimos cien metros.

Entre Plum Village y la ciudad había una distancia difícil de ignorar. En Plum Village nunca había prisa, aunque la hubiera. En la ciudad siempre había prisa, aunque no la hubiera.

Dos semanas después

Acababa de comer. Estaba saciado. Pero no recordaba bien el sabor de lo que acababa de comer. Y eso me entristeció.

Observé mi día. Comer sin saborear. Escuchar sin escuchar del todo. Llegar, pero no estar. Nada grave. Nada excepcional. Y, sin embargo, todo estaba ligeramente fuera de lugar.

La prisa había vuelto.

Resolver problemas que no existen. Hablar más alto que el otro. Querer ser escuchado antes. Cruzar antes de que pase el siguiente coche. Correr para alcanzar un metro que ya se va. Impacientarse con quien no corre. Molestarse ante quien simplemente se detiene a mirar. No soportar treinta segundos de espera.

La prisa había vuelto. Y con ella, una forma sutil de desconexión.

El arte de no tener prisa

Recordé una conversación con uno de los monjes.

Hablábamos de la prisa en el mundo moderno. De cómo se había vuelto la norma, desplazando a la presencia.

Buscábamos una solución. Algo que nos ayudara a no recaer en esa inercia tan arraigada. El monje nos miró con una sonrisa tranquila.

—La prisa no es mala —dijo—. A veces es necesaria. Pero no siempre.

Hizo una pausa.

—Hay dos opciones. Podemos esperar pacientemente a que el mundo se equilibre y todo el mundo medite —sonrió—. O podemos comprender algo más sencillo: la prisa no está en el mundo, sino en cómo nos relacionamos con él.

Guardamos silencio.

—Sentaos cada mañana. En silencio. Respirad. Inhalad y exhalad. Con el tiempo descubriréis que podéis elegir: correr… o saborear. No culpéis al mundo de ello.

La presencia

En la montaña vacía, no se ve a nadie,
solo se oyen ecos de voces humanas.
La luz del sol poniente entra en el bosque profundo
y vuelve a brillar sobre el musgo verde.

— Wang Wei

Jordi Ibern

Otros artículos