Reiju: lo que sabemos y lo que no sabemos
Qué significa Reiju, cómo ha evolucionado su transmisión y qué podemos afirmar —o no— sobre su historia, sus efectos y el linaje en Reiki.

Considero que, al menos conscientemente, todas las personas buscamos ser felices. Pero, ¿lo somos?
Las variables que más se consideran para evaluar la felicidad, según el Informe Mundial de la Felicidad 2025 elaborado por el Centro de Investigación sobre el Bienestar de la Universidad de Oxford, en colaboración con Gallup y la ONU, son el PIB per cápita, el apoyo social, la esperanza de vida saludable, la libertad, la generosidad y la percepción de corrupción. No obstante, cuando reflexionamos acerca de nuestra propia felicidad, es evidente que hay otras variables, quizá más personales, que debemos tener en cuenta.
La Encuesta Global de Felicidad 2024, realizada por Ipsos, pregunta directamente en macroencuestas: «¿Qué tan feliz se siente usted en general?», ofreciendo normalmente cuatro opciones de respuesta: «Muy feliz», «Bastante feliz», «No muy feliz», «Nada feliz». Según esta encuesta, llevada a cabo en más de 30 países, alrededor del 70 % de las personas se consideran felices. China presenta los resultados más sorprendentes: un 91 % de sus habitantes se consideran felices, según Ipsos.
Ahora bien, existe una aparente contradicción entre los elevados niveles de felicidad reportados en encuestas globales y el aumento de trastornos mentales como la depresión, la ansiedad y las tasas de suicidio, que resultan antagónicas a la felicidad. En España, el 34 % de la población ha experimentado algún problema de salud mental en los últimos años, siendo la ansiedad, la depresión y el insomnio los más comunes (ClinicaPsicologica.uy). A nivel mundial, se estima que más de 300 millones de personas sufren de depresión, y una cifra similar padece trastornos de ansiedad solo en el llamado primer mundo (Cadena SER). Entre 2000 y 2023, la tasa de suicidios en EE. UU. aumentó de 10,4 a 14,2 por cada 100.000 habitantes, lo que representa un incremento del 37 % en dos décadas (North American Community Hub). Entonces, ¿somos o no somos felices?
No debemos olvidar que, en muchas culturas, existe un estigma asociado a los problemas de salud mental, lo que puede llevar a las personas a no reconocer —o admitir— sus dificultades emocionales. Esto, a su vez, puede alterar los resultados de los estudios. Además, la felicidad suele confundirse con un estado de ánimo positivo, y tendemos a transmitir socialmente una imagen más favorable que la que vivimos en la intimidad y la soledad.
Hablamos de felicidad, de datos, de encuestas, de tasas, pero ¿Qué es la felicidad? ¿Qué entendemos realmente por felicidad? Responder a esta pregunta no es tarea fácil. Seguramente, cada persona tiene su propia definición.
Si me lo preguntas a las ocho de la mañana de un martes, cuando despierto a mi hija para ir al colegio y descubro, muy a mi pesar, que vamos a tener una mañana difícil para llegar a tiempo —al colegio y al trabajo—, mi percepción sobre si soy feliz probablemente será distinta a la que tendría cuatro horas más tarde, después de dar dos clases de Reiki y practicar meditación. En realidad, muchas personas confundimos la felicidad con un estado de ánimo positivo —pero pasajero—, y la infelicidad con uno negativo —también pasajero.
Aristóteles llamaba a la felicidad eudaimonía: una vida realizada, virtuosa y con propósito. No se trataba tanto del placer o la alegría momentánea, sino de vivir de acuerdo con la excelencia del carácter. La psicología positiva la define como un estado de bienestar subjetivo, que combina emociones positivas, satisfacción con la vida y un sentido de propósito. Desde la perspectiva espiritual y oriental, la felicidad se relaciona con la armonía interior, la conexión con uno mismo y con lo trascendente. Es un estado de calma, gratitud, presencia y aceptación, más allá del vaivén emocional. Por lo tanto, podríamos decir que la felicidad es la capacidad de estar en paz con uno mismo y con la vida tal como es, cultivando la presencia, un propósito, los vínculos y una actitud de gratitud.
Parece que la felicidad, mucho más amplia y profunda que la alegría o la satisfacción temporal, es casi una «decisión». El corazón de esta reside en la percepción y la creencia de que nuestra vida tiene un propósito, sumado a una aceptación profunda de la vida tal como es. Y sin olvidar el gran secreto que lo aglutina todo: la gratitud. Además, el propósito o sentido de la vida no es algo que sucede por azar, es algo que se trabaja y se cultiva pacientemente.
El gran problema de muchas personas —a quienes me gusta llamar «personas normales viviendo una vida normal»— es que no saben si son felices porque no tienen tiempo para pensarlo. Hay demasiadas distracciones, problemas, asuntos que resolver, contratiempos y obligaciones que ocupan todo nuestro tiempo.
Para ser feliz hay que querer ser feliz. No es azar, ni genética, ni destino. Es esfuerzo y dedicación. Y la mayoría de los «normales» empleamos nuestro tiempo, esfuerzo y dedicación en responder correos que solo son urgentes para otros, contestar mensajes de WhatsApp innecesarios de grupos aún más innecesarios, leer noticias importantísimas que dejarán de serlo en 48 horas, actualizarnos sobre la trascendental vida de personas que no conocemos ni conoceremos jamás —pero a quienes dedicamos más tiempo que a nuestra propia familia—, discutir acerca de quién es mejor futbolista, tenista, actor o cantante; o peor aún, batallar acaloradamente acerca de quién es más agraciado físicamente, o quién es el G.O.A.T. (Greatest Of All Time, el mejor de todos los tiempos) de cualquier sinsentido sin importancia real en nuestra vida. En realidad, la mayoría de las personas nos esforzamos sobremanera en perder el tiempo. Triste. Cierto.
La pregunta que importa es: ¿cómo ser feliz siendo una persona normal? Es decir, sin ser monje, ni hijo de una celebridad, ni CEO de Amazon, ni gurú con veinte millones de seguidores en YouTube. ¿Cómo se puede ser feliz siendo normal?
Creo que muchas personas no quieren preguntarse si son felices porque temen una respuesta negativa. Y es comprensible. Si descubres que no lo eres, te ves casi obligado a cambiar cosas —y a veces muchas—, pero en numerosas ocasiones cambiar «cosas» se antoja una quimera. Mejor seguir distraídos y sin pensar demasiado. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene la vida?
No obstante, si sigues leyendo, entiendo que realmente te interesa ser feliz. Y esperas que te dé una solución. Las buenas noticias son que tengo una —hay más, pero yo tengo la mía— y funciona. Las malas noticias: requiere dedicación. Y mucha. Pero sí, se puede ser feliz siendo una persona normal viviendo una vida normal. Y el camino, además, es agradable.
Para ser feliz, en primer lugar, hay que querer serlo y decidir serlo. Este es el primer paso. El más importante. Una vez que esto está claro, empieza el «trabajo». En segundo lugar, hay que sentarse a reflexionar seriamente acerca de lo que nos hace felices y lo que nos hace infelices, y separarlo en dos grandes grupos:
Por un lado, todo aquello que nos haría felices, pero que no depende de nosotros: la situación política, el fin de las guerras, la mejora de la economía, etc.
Por otro, todo aquello que sí depende, al menos en parte, de nuestras decisiones y acciones diarias: nuestra salud y estado físico, el uso del tiempo libre, las personas con quienes lo compartimos, los libros que leemos, la música que escuchamos, los lugares que visitamos…
Durante todos estos años enseñando Reiki y meditación, he tenido la gran suerte de viajar mucho —principalmente para enseñar Reiki, pero también para ofrecer sesiones, talleres y retiros— en Finlandia, Francia, Irlanda, República Checa, Líbano, Japón, Italia, los Países Bajos, entre otros. Y mi experiencia me ha enseñado que hay elementos comunes entre las personas felices.
Obviamente, el estado de su economía personal y su percepción del mundo son variables importantes. No obstante, la verdadera raíz de la felicidad suele sustentarse en cuatro pilares fundamentales:
Primero: El cuidado consciente, continuado y real de la salud física.
Las personas felices son personas normalmente sanas. Y son sanas porque se cuidan. Hacen ejercicio regularmente, muchas de ellas unos veinte o treinta minutos al día. Yoga, natación, correr, pilates, qigong u otras formas. No es tanto el qué sino el cuándo. Y ese cuándo es: cada día, o cada dos días. Además, descansan y duermen bien. Cuidan su alimentación. Algunas son más estrictas que otras, pero todas prestan atención a lo que comen. La felicidad es duradera; la euforia, no. Un donut puede generar un pico de euforia que parece felicidad, pero no lo es. Una manzana no provoca euforia, pero aporta a tu bienestar. Las personas felices suelen evitar el alcohol, o lo consumen muy ocasionalmente, no fuman, no se drogan, reducen el azúcar y evitan los productos ultra procesados.
Segundo: El mimo y estímulo de la mente.
Las personas felices son jóvenes mentalmente, sin importar su edad. Tienen hambre de conocimiento y curiosidad. Quieren aprender, mejorar, saber más. Estudian, hacen talleres, escuchan podcasts que les nutren, eligen sus lecturas con esmero y, sobre todo, no intoxican su mente. Evitan libros, vídeos o películas que saben que son veneno, del mismo modo que evitan los ultraprocesados en su alimentación. Alimentan su mente como alimentan su cuerpo: con consciencia.
Tercero: el entorno social.
La soledad impuesta no es amiga de la felicidad. Pero un entorno social abundante, si carece de intimidad, tampoco lo es. Las personas con quienes nos relacionamos —especialmente fuera de las obligaciones del trabajo— son una de las variables más importantes en nuestra percepción de felicidad. Y no es necesario que ese entorno sea numeroso; basta con que sea real. Las personas felices cuidan su entorno social con esmero. Escogen. Acercan. Alejan. Atienden. Aman.
Mi amigo Miquel Sanz, gran escritor y mejor amigo, me dedicó una vez uno de sus libros, Libros rayados, con esta frase que sigue siendo para mí una brújula afectiva: «Camina frecuentemente el sendero que lleva a la casa de tu amigo, no sea que la maleza lo cubra.» Un proverbio africano que expresa con exactitud lo que quiero decir.
Cuarto: la vida espiritual y el propósito de nuestra existencia.
La percepción de felicidad nunca será completa sin una vida interior rica y un sentido claro del propósito. Aun cuando logramos mantener una buena salud, una economía equilibrada, una red social suficiente y una mente activa, si no dedicamos tiempo al cultivo del espíritu, algo profundo quedará siempre incompleto. La pregunta «¿Qué me falta si lo tengo todo?» empezará a rondarnos, y con el tiempo, puede que incluso nos genere culpa.
El cuidado del espíritu es imprescindible para vivir en plenitud. ¿Cómo hacerlo? En mi caso, la respuesta está en la práctica diaria de Reiki y meditación. Otros la encuentran en la mezquita, la sinagoga o la iglesia. Algunos, en el Zen. Otros, en la contemplación de la naturaleza. Lo importante no es el camino, sino que el cuidado sea sincero, íntimo, y para uno mismo. No para demostrar nada. La espiritualidad auténtica no necesita ser visible; solo necesita ser vivida.
BONUS: Si ya te sientes feliz, pero deseas profundizar esa felicidad, existe un camino seguro: el camino de ayudar a los demás.
La verdadera plenitud suele surgir no solo del cuidado hacia uno mismo, sino también de extender ese cuidado más allá, ofreciendo apoyo, tiempo y amor a quienes nos rodean. Así, la felicidad se expande, se multiplica y se transforma en algo aún más grande.
Qué significa Reiju, cómo ha evolucionado su transmisión y qué podemos afirmar —o no— sobre su historia, sus efectos y el linaje en Reiki.
Aprender Reiki en Japón permite situar la práctica en un contexto cultural más amplio. Qué tener en cuenta al elegir una formación y cómo planteamos nuestro viaje de maestría en Kisetsu.
Una guía clara para empezar a meditar desde cero: postura, respiración, duración, meditación guiada y cómo crear una práctica constante.
Utilizamos cookies propias y de terceros para poder ofrecerle correctamente todas las funcionalidades del sitio web, con fines analíticos y para mostrarle publicidad personalizada de acuerdo con un perfil elaborado a partir de sus hábitos de navegación. Para continuar navegando por el sitio web, es necesario que acepte o configure las cookies que se aplicarán a su navegación. Para más información, consulte nuestra Política de Cookies.