El camino del Sumi-e y el Shodō: disciplina, creatividad y meditación

Caligrafía japonesa meditativa conocida como Shodo
19 de febrero de 2025

Llevo tiempo aprendiendo y profundizando en las artes de la pintura Sumi-e y la escritura oriental Shodō. Un camino exigente, disciplinado, y al mismo tiempo, infinitamente bello.
Ambas disciplinas se despliegan como un sendero de autoconocimiento, donde la práctica se convierte en una vía de conexión con uno mismo, la creatividad, la filosofía y la meditación.

Shodō: Un método para olvidar el método

El aprendizaje de estas artes sigue un método ordenado: se inicia con el estudio y la práctica de los primeros trazos para familiarizarse con el pincel y sus posibilidades. Sin embargo, tras esta primera fase estructurada, no hay un orden fijo. «Es un método que nos invita a olvidar el método», permitiendo que aflore la creatividad y la esencia del artista.

Materiales simples, proceso profundo de meditación

Ambas disciplinas comparten materiales esenciales y accesibles: una barra de tinta, agua, pincel y papel de arroz. Toda práctica comienza con la preparación de estos elementos, siguiendo la enseñanza de que «para hacer un buen trabajo, primero hay que afilar las herramientas».
La preparación de la tinta sólida sobre la piedra es un ritual en sí mismo. El contacto con el agua, el movimiento repetitivo e hipnótico del molido de la tinta calman la mente y nos anclan en el presente.

El cuerpo como canal de expresión

La preparación no se limita a los materiales; el cuerpo también debe estar dispuesto. Antes de pintar, es fundamental realizar ejercicios que ayuden a adoptar una postura consciente y «digna», como decía mi maestro. Ser conscientes de la respiración es igual de importante: cuando el cuerpo está receptivo, nos convertimos en un canal para que el trazo, el kanji o la imagen que ya existe en el universo se manifieste en el papel.
Una vez que la tinta toca el papel, la obra deja de pertenecernos. El papel se vuelve un espejo que refleja nuestro estado, nuestros pensamientos y emociones. Aprender a vernos en la tinta es un proceso de descubrimiento. Con el tiempo, la práctica nos otorga confianza en el pincel, permitiendo que la pincelada nazca de la respiración y que, casi sin darnos cuenta, aflore lo espontáneo y lo esencial. Es en este punto donde surge la belleza que solo puede nacer del alma.
Decía mi maestro: «La práctica de las disciplinas zen es lo más parecido a rozar la eternidad.»
Te invito a experimentar, conocer y descubrir este camino.

Andi DomDom

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