Ichi-go Ichi-e: El arte espiritual de cada encuentro

Ichi-go Ichi-e. El arte del encuentro
23 de abril de 2025

El Reiki se cruzó en mi camino hace muchos años, de la manera en que suele hacerlo para muchos de nosotros: misteriosa, inesperada y hermosa. Aunque no me he dedicado profesionalmente como terapeuta, cada día que pasa veo más claro que aquella preciosa llamada, en mi caso, se produjo para reconducir y reconstruir mi camino espiritual desde el lugar en el que entonces me encontraba.

Desde pequeña escribía textos, historias, reflexiones, y en el momento en que el Reiki apareció en mi vida, me estaba preparando para ser maestra de Primaria, profesión a la que todavía me dedico. Sentí una necesidad inexplicable de hacer algo con mis manos, que se manifestaba en sueños y en intuiciones muy intensas. Pero pronto comprendí que no era ese tipo de cosas lo que mis manos me pedían en aquel momento…

Más allá de la terapia —que ha supuesto un mayor bienestar para mí, mi familia y mis amigos—, uno de los primeros regalos que el Reiki me trajo fue acercarme a la cultura japonesa. Como persona que ama las lenguas, descubrí que la lengua nipona está impregnada de una filosofía profunda, un sentido intraducible que nos habla de una mirada muy concreta hacia los fenómenos del mundo y del espíritu.

Así fue como conocí una expresión que los japoneses suelen decir en los primeros encuentros: “Ichi-go, ichi-e”, escrita en kanji: 一期一会.

Un instante, un encuentro

En algunas casas de té de Japón, esta frase cuelga de un cartel bien visible para los clientes. La esencia de la legendaria ceremonia del té se resume en ella. Su traducción literal más cercana sería: «Un instante, un encuentro». Si profundizamos en su significado, nos dice: «En este momento, tienes una oportunidad». O, dicho de otro modo: cada encuentro es único e irrepetible. Le pregunté a Hiromi, mi profesora de japonés, si esta era realmente una expresión de uso habitual en Japón. Con una sonrisa curiosa y agradecida por el interés hacia su cultura, abrió el libro de japonés por la última página y buscó la sección “Frases típicas y dichos japoneses”. Y allí estaba: ichi-go, ichi-e. De hecho, estas palabras se murmuran como una bendición, una promesa o una despedida. Se suelen decir cuando conoces a alguien por primera vez, o te reencuentras con un amigo que hacía tiempo no veías, para vivir juntos algo especial. Es una forma de decirse: «Qué hermoso el momento que hemos compartido. Guárdalo en el corazón porque no se repetirá». Cuando pronunciamos esta expresión, evocamos la belleza efímera del instante —algo muy presente en el Hanami japonés, la celebración de los cerezos en flor—, en la práctica zen y en la meditación o el mindfulness. Todo ello nos habla de la atención plena al momento, la consciencia del ahora, el cultivo de la presencia como medicina espiritual.

Integrar el “Ichi-go, ichi-e” en la vida cotidiana

Para mí, vivir la espiritualidad no tiene sentido si no se hace desde el día a día, desde lo cotidiano. Como dice a menudo mi querido maestro Jordi Ibern, el reto está en integrarla en nuestras tareas y desafíos diarios, en seguir ese camino a través de las pruebas de la vida que cada cual hemos elegido vivir, más allá de los monasterios o templos a los que regresamos para recordar lo esencial.

Pero, ¿cómo integramos esta sencilla —y a la vez poderosa— filosofía en nuestra vida diaria?

Escuchar con los pies en la tierra

Una de las primeras cosas que propondría, basada en mi propia experiencia, es cultivar la escucha activa. Escuchar con plena atención es un bien escaso en el mundo en el que vivimos. La tecnología nos ha permitido conectarnos con personas al otro lado del mundo, pero en las distancias cortas seguimos sin escucharnos de verdad.

Lo compruebo cada día en la escuela. Observo muchos niños y niñas con problemas de atención y una gran dificultad para disfrutar del momento, con una necesidad —a veces enfermiza— de anticipar continuamente las situaciones. Por supuesto, los adultos no les estamos dando un buen ejemplo y hemos contribuido notablemente a esta distorsión: sobreestimulándolos, llenándolos de “actividad” pero vaciándolos de presencia, del gozo del tiempo presente. Anteponiendo el hacer al ser.

A veces propongo a mis alumnos pequeñas meditaciones y les pido que pongan ambos pies en el suelo y apoyen bien la espalda en el respaldo, o que se sienten directamente en el suelo. Observo que muchos se sientan con los pies en el aire, la mirada perdida y la cabeza —como yo les digo— “volando”.

Cuando entran en contacto con el suelo, les pido que observen en silencio el vaivén de la respiración. Después de este breve ejercicio, les pregunto cómo están. Entonces comparan los dos momentos: el anterior a la meditación y el posterior. Algunos me dicen que empiezan a sentirse más “conectados a la tierra”. Otros me comentan que están un poco más tranquilos o menos nerviosos. Entonces podemos empezar la clase.

En una ocasión, un alumno me preguntó por qué “perdíamos el tiempo” con esas meditaciones en lugar de hacer inglés. Le contesté que no habíamos perdido el tiempo dedicando diez minutos a meditar. Lo cierto era que lo habíamos ganado.

Con ocho años, todavía le costaba comprender lo que intentaba decirle. Pero otros, en silencio, sonreían… y yo supe que la semilla había sido plantada. Recuerdo que aquella sesión fue mucho más provechosa.

Reverenciemos cada encuentro como algo único, practicando esa escucha atenta, sin adelantarnos a construir un discurso cargado de nuestras necesidades, frustraciones, divagaciones… Prestando atención con el corazón, en un intercambio sincero y auténtico con la otra persona. No solo mostrando interés, sino reconociendo a esa persona como alguien importante por el solo hecho de estar aquí, ahora, conversando con nosotros. Por compartir este instante que mañana ya no existirá, que será distinto.

Un arte del alma

Ichi-go, ichi-e no es solo una palabra japonesa. Es un arte del alma. Nos dice que cada persona que llega a nuestra vida es un regalo. Cada encuentro es, en esencia, un pequeño milagro.

Y así es como vivo hoy el Reiki. No solo como una terapia, sino como una forma de habitar el instante. Como una reverencia silenciosa a lo irrepetible. Como un arte del alma que dice, sin palabras: gracias por estar aquí.

光
Imma Torres Marín
@immatorres.autora

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