Aprender Reiki en Japón: práctica, tradición y qué esperar
Aprender Reiki en Japón permite situar la práctica en un contexto cultural más amplio. Qué tener en cuenta al elegir una formación y cómo planteamos nuestro viaje de maestría en Kisetsu.

Estaba en la cocina de mi casa de la infancia. Bueno… no exactamente. Era una mezcla extraña entre aquella casa —donde aún vive mi padre— y mi apartamento actual. Como ocurre en los sueños, ambos lugares coexistían sin contradicción.
Entró un albañil que trabajaba en una obra del edificio. No estaba trabajando en mi casa, pero aun así entró con naturalidad. Yo le ofrecí comer. Preparé una menestra y encontré en el horno unas deliciosas salchichas del día anterior. Las serví junto con la verdura. Él se alegró mucho, como si fuera exactamente lo que esperaba.
Entonces, el obrero miró las paredes y me dijo:
—Has quitado el gotelé. Está muy bien… pero mira esto aún.
Nos dirigimos hacia una habitación desde la que salimos a una especie de exterior. Allí aún quedaban algunas telas de araña en las paredes. El obrero las señaló y me dijo que, con lo bien que estaba quedando todo, aquello también debía limpiarse.
En las paredes aparecieron pequeños roedores con un aspecto amable. Los miré junto a las telas de araña y pensé que ya estábamos en el proceso de limpiar esas paredes también.
Después, el albañil abrió una puerta de la casa que yo nunca había cruzado —en realidad esa puerta no existe, pero en el sueño sabía que siempre había estado allí—. Miré la puerta y me pregunté por qué nunca había sentido la curiosidad de atravesarla.
Al entrar descubrimos algo inesperado: dentro había ya personas limpiando y restaurando pacientemente. Pasamos junto a ellas y nos dirigimos a unas escaleras que ascendían hacia una planta superior que yo también desconocía.
Sentí sorpresa mayúscula. Y curiosidad. Y cierto entusiasmo. Era mi casa, pero nunca había estado allí.
Pensé que quizá mi padre había decidido finalmente contratar a alguien para limpiar esa parte de la casa que siempre había sido ignorada.
A medida que avanzábamos me invadió una sensación creciente de alegría. La casa era enorme. Mucho más grande de lo que yo imaginaba. En una habitación restauraban una máquina antiquísima que ocupaba todo el espacio. Parecía hecha de piedra, ancestral. No sabía qué era, pero intuí su importancia y su valor incalculable.
Seguimos caminando por un pasillo hasta llegar a un espacio inmenso, luminoso, con grandes cristaleras. Era tan grande que podía ver a cientos de metros de distancia. Parecía casi un centro de convenciones. Había gente paseando. Pensé que era un lugar perfecto para retiros o encuentros, y comencé a grabarlo todo para enviárselo a mi mujer.
Seguimos caminando y encontramos una mezquita, con personas entrando y saliendo para rezar. El templo estaba dentro de aquellas instalaciones descomunales.
De repente, una mujer me recriminó que estuviera grabando. Yo la miré sin soltar la cámara y le respondí con autoridad y serenidad:
—This is my house.
Ella asintió y siguió caminando tranquilamente.
Continuamos caminando sobre la moqueta color salmón que cubría el enorme espacio hasta llegar a un gran hall semicircular, completamente acristalado. Frente a nosotros apareció lo que parecía ser el mar.
Me sorprendió, porque sabía que el mar estaba lejos de casa. Le dije al obrero que me acompañaba que no podía ser el mar, porque mi casa estaba a kilómetros de distancia de la costa. Entonces comprendimos que no era el mar, sino un río inmenso, tan ancho que tenía playa.
Una persona se lanzó al agua y la corriente la arrastró unos metros antes de que las aguas se calmaran. El agua se volvió entonces transparente y pudimos ver el fondo, lleno de peces enormes de dos colores: azul y negro. Preciosos.
El río pasaba literalmente junto a las paredes de la casa.
La casa era descomunal.
Y era mi casa.
Entonces desperté.
Este sueño fue tan claro que me desperté con la necesidad inmediata de escribirlo. No para entenderlo, sino para no perderlo.
Los sueños no siempre explican. A veces simplemente muestran.
Durante el día vivimos dentro de una identidad bastante definida: sabemos quiénes somos, dónde estamos, qué hacemos. Pero el sueño nos abre a otros aspectos menos conocidos, menos claros, menos explicados. Quizá igual de reales. O incluso más.
Los sueños nos permiten recorrer espacios interiores sin las defensas habituales, sin el relato que construimos sobre nosotros mismos. Y, casi siempre, lo hacen a través de símbolos.
La cocina es el lugar donde se prepara el alimento. Un símbolo esencial.
En este sueño fue el punto de partida: la cocina y la comida. Aquello que nutre, que sostiene y reconforta. Allí apareció un trabajador. Un albañil.
La comida es compartida. Ofrecida con voluntad de alimentar y recibida con gratitud sencilla. Alimentar al que trabaja implica reconocer algo profundo: toda transformación necesita cuidado, tiempo y paciencia.
Nada comienza desde la teoría. Todo comienza desde el sustento.
La primera figura que aparece no es un guía espiritual ni una autoridad simbólica elevada. Es alguien que trabaja con las manos. Alguien que arregla, limpia y mejora lo existente. Un peón.
Para muchos, los peones carecen de importancia. Pero para los maestros del ajedrez son imprescindibles. Sin grandilocuencia, sin protagonismo, avanzan lentamente y sostienen toda la estructura del juego.
Esa ausencia de solemnidad otorga al albañil un valor especial. Es alguien común. Un trabajador. Un miembro anónimo de la sociedad. Alguien como cualquiera de nosotros.
Más adelante aparecen otros trabajadores silenciosos que limpian y restauran sin ser observados. No buscan reconocimiento. No esperan aplauso. Simplemente hacen su trabajo.
Tal vez muchos procesos interiores ocurren así: sostenidos por fuerzas discretas que operan lejos de la mirada consciente.
Las puertas, las cuevas, las habitaciones cerradas o los lugares ocultos aparecen con frecuencia en los sueños. Señalan espacios que siempre estuvieron presentes, pero que aún no habían sido habitados.
Cruzar una puerta desconocida implica entrar en aspectos de uno mismo hasta entonces inaccesibles. No porque estuvieran prohibidos, sino porque todavía no había llegado el momento.
La puerta revela algo sencillo y profundo: el proceso personal madura silenciosamente hasta que, un día, aquello que parecía inaccesible se vuelve natural.
Cruzarla es el verdadero gesto.
Dentro aparece otro símbolo significativo: la escalera.
Las escaleras pueden descender o ascender. Al descender solemos encontrarnos con aquello negado, olvidado o pospuesto. Al ascender aparece una ampliación de la conciencia, una expansión de lo que somos capaces de abarcar.
El sueño no obliga. Simplemente muestra que existen más niveles.
Los trabajos de renovación y limpieza poseen un simbolismo claro.
No se destruye lo antiguo; se restaura. No se rechaza lo viejo; se limpia.
El gotelé representa capas adheridas durante años, elementos que impiden ver la pared real. Al retirarlo aparece la superficie original.
Las telas de araña no indican abandono culpable, sino lugares que quedaron fuera de la atención. No destruyen nada: solo oscurecen.
Incluso los roedores —tradicionalmente asociados a suciedad o deterioro— aparecen aquí sin amenaza. Son amables, casi familiares. Señalan un proceso natural, sin violencia ni dramatismo.
No todo lo olvidado es oscuro. A veces simplemente espera ser visto.
En muchos sueños aparecen objetos cuya función desconocemos: máquinas, tótems, artefactos antiguos. No necesitan explicación.
La máquina de piedra, restaurada con cuidado, parece pertenecer a otro tiempo. Algo antiguo, esencial, profundo. No se sabe para qué sirve, pero su importancia se reconoce inmediatamente. No representa algo nuevo. Más bien aquello que siempre estuvo ahí y comienza, lentamente, a volver a funcionar.
En los sueños hablamos con frecuencia, pero pocas veces sentimos el peso real de las palabras pronunciadas. Cuando ocurre, algo se ordena interiormente.
Una mujer cuestiona una acción. La respuesta surge clara:
This is my house.
El idioma cambia. No aparece la lengua de la infancia ni la del pasado emocional. Surge una lengua aprendida en la adultez, libre de antiguos condicionamientos.
No responde el niño, ni el adolescente, ni la memoria. Responde una parte más serena y asentada. Una voz que no necesita imponerse porque simplemente reconoce.
No hay confrontación. Solo afirmación tranquila.
La aceptación de la mujer transforma ese instante en algo iniciático: no una conquista, sino un reconocimiento del propio lugar.
El agua es uno de los símbolos más universales del mundo onírico. Puede ser calma o amenaza, profundidad o superficie, emoción o vida misma.
Aquí el agua fluye. No está estancada.
El río representa movimiento, continuidad, tiempo vivido. Primero arrastra; después se aquieta. Entonces aparecen los peces, visibles bajo la superficie transparente: la vida profunda revelándose cuando el movimiento encuentra calma.
El agua une el interior de la casa con el paisaje exterior. No separa ambos mundos; los conecta.
Los templos aparecen con frecuencia en los sueños como símbolos de lo sagrado.
En este caso hay tres elementos significativos: el templo está dentro de la casa, está lleno de vida y no pertenece a la tradición religiosa propia.
Lo sagrado no aparece fuera ni separado, sino integrado. Habitual. Vivo. Más amplio que cualquier forma concreta.
No hay conflicto entre caminos. Solo reconocimiento de una dimensión que trasciende las etiquetas.
La casa suele representar el interior de quien sueña.
Aquí comienza siendo un híbrido entre la casa de la infancia —el origen— y la casa actual —el presente vivido—. El sueño parte del comienzo de la historia, pero la continúa.
La casa está siendo renovada. El gotelé desaparece. Las telas de araña serán retiradas. Personas trabajan silenciosamente restaurando espacios olvidados.
El símbolo es claro desde el inicio: renovación.
Sin embargo, la casa no deja de crecer. Primero al cruzar la puerta jamás atravesada. Después al descubrir nuevos niveles. Finalmente al transformarse en un espacio capaz de albergar templos, encuentros y largas distancias por recorrer.
No se trata de ser más grande de lo que uno cree. Tal vez se trata de aceptar la amplitud que siempre estuvo presente.
Los grandes cristales permiten la entrada de luz y eliminan la sensación de descenso hacia zonas oscuras. La casa se abre al mundo. Lo íntimo y lo colectivo dejan de estar separados.
No aparece conflicto. No aparece drama. Solo reconocimiento. Una alegría tranquila.
El hall final, junto al gran río, no parece un final sino una apertura. La casa no termina en sus paredes. Continúa allí donde el agua sigue su curso.
Y el agua sigue su curso.
Aprender Reiki en Japón permite situar la práctica en un contexto cultural más amplio. Qué tener en cuenta al elegir una formación y cómo planteamos nuestro viaje de maestría en Kisetsu.
Una guía clara para empezar a meditar desde cero: postura, respiración, duración, meditación guiada y cómo crear una práctica constante.
La enseñanza del Reiki suele organizarse en tres niveles. En Occidente los conocemos como nivel uno, nivel dos y maestría; en japonés reciben los nombres de Shoden, Okuden y Shinpiden.
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