Mi experiencia con el Reiki: pausa, luz y silencio

Mi experiencia con el Reiki
7 de abril de 2026

Por Conchi Rubio.

Paz, luz y silencio

En esta carretera de doble sentido en la que vivo, creo que el Reiki es tan natural para el alma como escurridizo para la razón.

Conocí el Reiki gracias a una buena amiga, terapeuta y maestra. Lo que supe sobre él al principio me llegaba a través de conversaciones. Entendí que era una técnica de sanación energética y, al parecer, muy beneficiosa. Con el tiempo, e inevitablemente, acabé haciendo un curso; tenía interés por conocerlo mejor. Hace unos ocho años de eso.

Diría que el curso me superó, en el sentido de que dudo que estuviera preparada para asimilar todo aquello. Entonces supe de su origen japonés, su historia y su enfoque principalmente terapéutico. Hice el autotratamiento de veintiún días que siguen a muchos cursos. Me encantaría decir otra cosa, pero la verdad es que no sentí nada especial. Creí que lo hacía mal, o que algo fallaba en mí… Recuerdo que la mayoría de las veces mis movimientos eran muy mecánicos, nada fluidos. No conseguía desconectar del todo. No sé si era falta de confianza… o quizá miedo o resistencia a algo que aún desconocía en gran parte.

Hasta que uno de esos días —era de los últimos—, en el que a punto estuve de no hacerlo porque iba muy ocupada… justo ese día algo sentí. Primero noté como si el aire de la habitación se aquietara, y esa sensación me invadió. Solo existía aquel instante. Incluso creo que sentí una presencia, algo o alguien allí, conmigo. O quizá fuera que esa gran sensación de calma que lo envolvía todo hacía que no me sintiera sola, o separada de lo que me rodeaba. En ningún momento abrí los ojos, en ningún momento tuve miedo. Solo podía sentir serenidad, ligereza, plenitud… Fue de esas experiencias en las que las palabras siempre se quedan cortas; apenas esbozan la realidad.

Por fin algo sentí, y superó mis expectativas… aunque ni siquiera sabía qué esperar. Uno de esos rarísimos momentos en los que los dos sentidos de mi carretera interior se unen, y de ahí solo puede nacer algo único y verdadero… e inexplicable.

Durante los años siguientes, mi práctica de Reiki se volvió intermitente. En épocas difíciles, cuando sentía que podía ayudarme, lo retomaba y sí notaba que me relajaba, que me calmaba. También tenía mucha más confianza y seguridad al practicarlo. Aquello que viví me marcó.

Cuando apenas comenzaba el 2024, y aún era demasiado pronto para dibujar el nuevo año, descubrí la web de Kisetsu por pura casualidad —aunque cada vez creo menos en las casualidades—. Me quedé atrapada mirando la página. Todo lo que iba descubriendo allí me resonaba, como se suele decir. En ella se hablaba de meditación, de Reiki… ¡REIKI!… Parecía el nombre de un viejo y querido amigo que vuelve… Ni me acordaba de la última vez que lo practiqué. Ha vuelto, está… ¿o nunca se ha ido del todo?

Pero aquella vez me sonó diferente. No lo sentí como ese algo misterioso que viene de a saber dónde para ayudar, sino como algo que se iba abriendo paso desde alguna parte de mi interior; como una certeza cada vez más presente, hasta ocuparme por completo con su silencio y calma.

El año se fue desplegando, difícil, desafiante, y antes de dejarme arrastrar más, supe que tenía que hacer algo. Esta vez lo tuve muy claro: volver a retomar el Reiki, pero no como las otras veces. Necesitaba algo más, volver a iniciarlo, quizá desde otro enfoque y profundizar más. Finalmente volví a Kisetsu —no sin antes informarme también sobre otras escuelas, pero no sentí lo mismo—. Esta vez me encontré con una novedad interesante: la academia online y los cursos de reciclaje de Reiki. Lo encontré ideal en mis circunstancias, muy completo, bien de precio, y, para mi sorpresa, me apunté sin pensarlo dos veces.

No me equivoqué. Mi camino tenía que pasar por aquí. Supuso un respiro, un alivio, un paréntesis… Aprendí algunas cosas nuevas; otras las recordé del primer curso, aunque ahora se profundizaba más. Entendí la gran importancia de la meditación y de los Gokai, sus principios y valores, sus orígenes… El paisaje del Reiki ahora era más rico y, sin moverme de casa, me “sentía” mucho en Japón. Desde luego, iba más allá de una técnica terapéutica; era todo un mundo. Realmente es algo que ya intuía cuando, años atrás, oía hablar sobre él: entre palabras y miradas me llegaban destellos de algo poderoso.

Creo que las puertas que se van abriendo en la vida es porque estamos preparados, al menos, para abrirlas. En este caso pienso en el Reiki, pero puede tratarse de cualquier otra experiencia o aprendizaje. Otra cosa es saber si somos capaces, en ese momento, de atravesar esa habitación. A veces sí, pero desde luego no siempre; a veces, sencillamente salimos y seguimos caminando antes de volver a entrar… si hay que hacerlo.

La primera vez que estudié Reiki abrí esa puerta, crucé el umbral, y aunque no tardé en salir, estuve lo suficiente para que me dejara una huella imborrable.

Esta segunda vez fue muy especial porque me di cuenta de lo interiorizado que lo tenía, sin saberlo. Y su influencia iba más allá del curso; lo percibía todo de forma diferente. La rutina diaria era otra, siendo la misma. Estaba siendo una experiencia transformadora.

Seguro que hay tantos caminos como personas. Siento el mío un poco indeciso, dudoso, confuso a veces… voy y vuelvo. Creo que a veces pretendo buscar en otros sitios lo que acabo encontrando en el Reiki. Casi nunca sé de antemano lo que de verdad necesito… pero, al menos, cuando llega sé reconocerlo. Y con el Reiki sé que lo he encontrado: pausa, luz, silencio… paz.

Conchi Rubio

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