La presencia y la atención: por qué las estamos perdiendo y cómo recuperarlas

Entrenamiento en presencia y atención
13 de marzo de 2026

En los últimos años hemos podido comprobar que, en general, las personas estamos experimentando una pérdida importante en nuestra capacidad de atención y de estar presentes —lo que en algunos ámbitos se denomina «estar en el aquí y ahora».

Esta pérdida de la presencia y la atención es un fenómeno con múltiples causas. Está promovida tanto por el enorme desarrollo de la tecnología como por factores internos y emocionales. Nos distanciamos del momento presente debido a la sobreestimulación tecnológica y general, el estrés, la multitarea, la falta de gestión emocional y la carencia de recursos y conocimientos para sostener la atención y la presencia.

Algunos estudios divulgados en los últimos años sugieren que el tiempo medio que las personas permanecen concentradas en una sola tarea ha disminuido notablemente en las últimas décadas.

Por qué es importante la atención

La atención es fundamental porque funciona como un filtro que selecciona los estímulos relevantes, facilitando una mejor adaptación al entorno y reduciendo riesgos.

Es, además, la base del aprendizaje y de la memoria, ya que sin atención la información no se procesa ni se almacena eficazmente. Cuando la atención falla, la consolidación del conocimiento y el desarrollo de habilidades se vuelven mucho más difíciles.

La atención también facilita que completemos las tareas con mayor rapidez y precisión. Es, por tanto, la base del rendimiento y de la productividad. Sin atención, el rendimiento disminuye y los errores se multiplican.

A un nivel más orgánico, la atención es imprescindible para el desarrollo cognitivo. Habilidades cognitivas superiores, como el pensamiento crítico o la resolución de problemas, dependen en gran medida de la calidad de nuestra atención.

Igualmente, la atención es crucial en la regulación emocional y en la adaptación social, ya que favorece la autorregulación interna y la conexión con los demás.

Por qué es importante la presencia

La presencia es esencial para la vida. Aunque no es tan automática como los instintos y requiere una cierta inversión de energía, sin presencia no es posible construir conexiones profundas ni vínculos reales.

La calidad de nuestra intimidad está estrechamente ligada a la calidad de nuestra presencia.

Sin presencia somos más vulnerables a nuestros impulsos, emociones y automatismos, lo que reduce nuestra libertad interior y limita nuestro crecimiento personal, profesional y, en última instancia, espiritual.

La presencia es también fundamental en la crianza de los niños. En ella descansa la formación de una autoestima sana, el desarrollo emocional equilibrado y la construcción de un apego seguro.

Igualmente, la presencia refuerza los vínculos entre adultos y es el elemento central de la experiencia de sentirse visto, escuchado y valorado.

Más allá de los beneficios puramente biológicos, la presencia fomenta cualidades profundamente humanas: la empatía, la regulación emocional, la tolerancia, la comprensión profunda de las cosas y, en última instancia, el desarrollo de una espiritualidad serena y madura.

«La mente de monje» 

Que la meditación favorece la atención y la presencia está ampliamente documentado. Sin embargo, muchas personas subestiman los cambios que una práctica continuada puede producir en el cerebro y en el comportamiento.

Los monjes con una práctica de meditación sostenida durante años desarrollan lo que a veces se denomina «mente de monje» (monk mind). Este estado se caracteriza por una atención entrenada que permite vivir en el momento presente sin desconectarse de la realidad.

Esta forma de vida, cultivada tanto en la tradición budista como en la contemplativa cristiana, implica un ritmo interno más pausado y una atención sostenida en las acciones cotidianas.

Algunos estudios de neurociencia realizados con monjes tibetanos han mostrado que sus cerebros presentan una actividad significativamente menor en las áreas relacionadas con el sufrimiento incluso cuando están expuestos al dolor.

Este estado de presencia no implica aislamiento ni desconexión del mundo. Más bien lo contrario: permite vivir plenamente lo que está sucediendo mientras se mantiene una regulación emocional equilibrada.

La mente no está en blanco. En realidad, hay una actividad mental rica y ordenada que acerca al cerebro a un estado de funcionamiento óptimo. El ritmo es consciente y pausado, pero muy eficaz. Surge una presencia continuada que reduce significativamente los miedos y favorece una claridad mental notable.

La falta de presencia

En la vida existen experiencias agradables y desagradables. Hay momentos de placer y momentos de sufrimiento. Hay encuentros que nos llenan de alegría y pérdidas que nos duelen profundamente.

En realidad, la vida está llena de cambios, pérdidas y situaciones que no siempre se desarrollan como esperamos. No es necesariamente que hagamos algo mal. La vida, en su naturaleza finita, es así.

De nuestra capacidad para gestionar con madurez tanto los momentos de plenitud como los momentos de dificultad depende en gran medida lo que coloquialmente llamamos «felicidad», que es, en realidad, una experiencia profundamente subjetiva.

Para desarrollar una buena capacidad de gestión emocional es necesaria la experiencia. Sin embargo, la experiencia por sí sola no garantiza el aprendizaje. Para que la experiencia se convierta en conocimiento —y finalmente en sabiduría— es necesario vivirla sin escape, con presencia.

Y aquí aparece el problema.

En la actualidad, las herramientas de escape son innumerables. Además, muchas personas han aprendido que escapar de los momentos dolorosos es lo adecuado.

Frases cotidianas como «tómate unas vacaciones y distráete», «¿miramos una película para no pensar en esto?» o «tómate una cerveza y te sentirás mejor» se han vuelto habituales.

La falta de presencia ha alcanzado niveles en los que muchas personas se sienten incapaces de sostener estados emocionales difíciles. Las pérdidas nos desbordan, las rupturas nos hunden, la incertidumbre nos roba el sueño y la frustración nos vuelve irascibles.

Como consecuencia, nos volvemos dependientes de múltiples formas de escape: redes sociales, videojuegos, alcohol, comida rápida, azúcar, drogas, sexo, trabajo, ocio constante, series o compras.

Y poco a poco perdemos la capacidad de estar presentes incluso cuando la vida nos ofrece experiencias satisfactorias.

Una vez aprendes a vivir una vida de escape, esa se convierte en la vida que vives.

La presencia y la espiritualidad

Definir la espiritualidad no es sencillo. Sin embargo, existe bastante consenso en describirla como una búsqueda interna de sentido, propósito y conexión con algo que trasciende lo puramente material.

La espiritualidad auténtica suele contener dos elementos fundamentales.

Por un lado, una experiencia de pertenencia a algo más amplio que uno mismo, con una naturaleza profundamente benevolente. Esta experiencia tiende a fomentar la amabilidad, tanto hacia uno mismo como hacia los demás.

Por otro lado, la espiritualidad promueve una práctica o estilo de vida que desarrolla la presencia.

En realidad, es difícil hablar de espiritualidad genuina sin un perfeccionamiento de la presencia. Porque la espiritualidad, en su expresión más madura, es presencia.

En la tradición budista, el Nirvana —la comprensión profunda de la realidad y la liberación del sufrimiento— se describe a menudo como un estado de presencia plena que disuelve la ignorancia y el apego a las ideas rígidas sobre la realidad.

Sin embargo, hoy en día también encontramos prácticas espirituales utilizadas como formas de escape de la vida y de los propios problemas.

Cuando la espiritualidad se convierte en una forma de evasión, deja de ser un camino de comprensión.

La presencia y la atención se entrenan

En la actualidad, lo rápido parece dominar todos los ámbitos de la vida.

En el marketing, en las redes sociales o en el llamado periodismo moderno, todo debe captar la atención en pocos segundos para generar lo que se denomina engagement.

Esta lógica de la rapidez se extiende a muchos otros campos de nuestra existencia: debemos aprender rápido, mejorar rápido, superar retos rápidamente y vivir experiencias cada vez más intensas.

Sin embargo, hay cosas que no pueden aprenderse deprisa.

No se puede adquirir una gran cultura en pocos meses. No se puede alcanzar la sabiduría en unos pocos años. No se puede comprender profundamente un tema leyendo únicamente resúmenes.

Y tampoco se puede aprender a vivir en el momento presente sin aprender, literalmente, a vivir en el momento presente.

La presencia es la capacidad de no escapar de la vida. De habitarla, saborearla, sufrirla, disfrutarla y comprenderla.

Es la capacidad de dormir cuando dormimos, comer cuando comemos, abrazar cuando abrazamos y sentir cuando sentimos.

Como decía el maestro Zen Linji: «Cuando tengas hambre, come; cuando estés cansado, duerme».

El problema es que hemos aprendido a comer mientras hacemos otra cosa y a dormir sin realmente descansar. Hemos aprendido a no hacer lo que hacemos y a desear hacer lo que no hacemos.

Para cultivar la atención y la presencia debemos avanzar en dos direcciones.

Por un lado, comprender intelectualmente su importancia. Por otro, practicarlas.

¿Durante cuánto tiempo?

Las diez mil horas que los japoneses suelen mencionar para dominar una habilidad pueden servir como referencia.

La atención se practica cuando dejamos de escapar: cuando no hacemos scroll continuamente, cuando no huimos del silencio, cuando no necesitamos llenar cada instante.

La presencia se entrena en silencio y en el silencio.

Y, una vez que comienza a desarrollarse, se convierte en una de las experiencias más serenas y satisfactorias de la vida.

Jordi Ibern
El arte de estar presente

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