Reivindicando la sencillez

Reivindicando la sencillez
15 de junio de 2026

Marta practica yoga desde hace cinco años. Al principio era muy constante. Después, algo menos.

Cuando decidió embarcarse en un retiro de yoga a miles de kilómetros de distancia, todo cambió.

Practicar yoga frente a playas paradisíacas, junto a elefantes y entre arrozales llevó el yoga a un segundo plano. La experiencia extraordinaria se convirtió en el centro.

Cuando el yoga dejó de ser protagonista, también lo hizo la promesa del yoga: el equilibrio, la paz interior y una vida serena.

Marta busca, incansable, prácticas especiales. En las montañas, en el parque, al amanecer. Y retiros; pasa horas en Internet buscando el próximo retiro único. Su práctica matinal en casa se ha vuelto insípida, insuficiente. Ya no es el yoga lo que importa, sino la experiencia.

Juan es incapaz de pasar un fin de semana tranquilo en casa con su pareja. Desde el lunes empieza a buscar las siguientes actividades del fin de semana. Una o dos para el sábado y una o dos para el domingo. La sola idea de quedarse en casa, conversar, descansar o pasear le provoca ansiedad. La posibilidad del aburrimiento le resulta insoportable.

Ha realizado un maridaje de quesos en una masía, una cata de vinos a oscuras, un paseo a caballo al amanecer, un vermut en un velero, ha visitado varias ferias y ha asistido a diferentes conciertos. Todo ello en apenas unas semanas.

Confunde llenar la vida de actividades con vivirla.

Su pareja, sin embargo, siente que se están alejando. Lo que al principio resultaba divertido comienza a erosionar la intimidad. La experiencia se ha vuelto más importante que la compañía. Y siempre exige una más.

¿Son las experiencias extraordinarias la esencia de la vida?

Hemos aprendido a valorar lo extraordinario por encima de lo ordinario.

Nos han enseñado a esperar grandes momentos. Grandes viajes. Grandes amores. Grandes logros. Grandes transformaciones. Esperamos la experiencia que cambiará nuestra vida, la revelación que pondrá todas las piezas en su lugar o el acontecimiento que, por fin, nos hará sentir completos.

Mientras tanto, la vida continúa sucediendo.

Sucede mientras preparamos una taza de té. Mientras caminamos hacia el trabajo. Mientras escuchamos la lluvia golpear suavemente una ventana. Mientras observamos a nuestra hija dibujar en silencio. Mientras doblamos la ropa, regamos una planta o esperamos nuestro turno en una cafetería.

Pero no la vemos.

La mayor parte de nuestra existencia no transcurre en acontecimientos extraordinarios. Transcurre en momentos aparentemente insignificantes. Y, sin embargo, son precisamente esos momentos los que constituyen nuestra vida.

Consideramos que lo sencillo carece de valor por ser ordinario y por estar siempre accesible. Hemos dejado de ver la extraordinaria profundidad que habita en las cosas sencillas.

Cuando observamos la naturaleza descubrimos algo revelador. Los árboles no viven esperando una experiencia culminante. Las estaciones se suceden sin prisa. La lluvia cae. Las hojas nacen y caen. El amanecer regresa cada mañana sin necesidad de reinventarse.

La vida parece sentirse perfectamente cómoda siendo lo que es.

Solo los seres humanos parecemos empeñados en convertir cada instante en algo distinto de sí mismo. Buscamos constantemente el siguiente destino, el siguiente proyecto, la siguiente emoción, la siguiente versión de nosotros mismos.

Y cuando finalmente alcanzamos aquello que deseábamos, la satisfacción suele durar poco. Pronto aparece una nueva meta, una nueva promesa de plenitud en algún lugar del futuro.

Es una carrera agotadora.

No porque los sueños sean malos. Los sueños son hermosos. Nos inspiran, nos orientan y dan forma a nuestros pasos. Lo agotador es vivir creyendo que la vida verdadera comenzará cuando algo extraordinario ocurra.

Porque entonces dejamos de estar en el único lugar donde la vida está realmente sucediendo: este momento.

La búsqueda obsesiva de lo extraordinario

La necesidad constante de encontrar algo más —más grande, más bonito, más especial, más llamativo, más exclusivo— se ha convertido en un patrón habitual en la vida de muchas personas.

Empleamos tiempo, esfuerzo, creatividad y dinero en encontrarlo. En encontrar aquello que finalmente nos hará especiales. Pero no importa cuán extraordinario llegue a ser aquello que encontremos. La satisfacción será breve. Pronto necesitaremos algo nuevo.

La búsqueda obsesiva de experiencias extraordinarias funciona de manera muy similar a una adicción: cuanto más obtenemos, más necesitamos.

Al final ya no buscamos por el placer de la experiencia misma, sino por el miedo a su ausencia. Y con ella aparecen el aburrimiento, el vacío o la ansiedad.

«Lo extraordinario —cualquiera que sea su descripción— es, en realidad, algo ordinario a lo que no estamos acostumbrados y que vivimos con intensidad.»

Nada más.

La búsqueda constante de experiencias excepcionales revela una disminución alarmante de nuestra capacidad para apreciar lo sencillo. Pero también pone de manifiesto una creencia más profunda y dolorosa: que nosotros y nuestra vida no son suficientes.

Reconciliarse con lo ordinario

Tal vez una parte importante de la madurez consista en reconciliarnos con la sencillez de la existencia. Aceptar que la mayoría de nuestros días serán parecidos entre sí. Que habrá desayunos, paseos, conversaciones, trabajo, descanso y silencios.

Y comprender que eso no es una tragedia. Es la vida.

Quizás hemos confundido intensidad con profundidad. La intensidad es breve. Aparece y desaparece. La profundidad, en cambio, puede encontrarse en cualquier instante. No depende de lo que sucede, sino de la forma en que lo vivimos.

Una vida extraordinaria

¿Te has preguntado alguna vez dónde sucede realmente tu vida?

No en los viajes. No en las cenas especiales. No en los conciertos. 

Aunque todo ello sea maravilloso, ocupa una parte mínima de nuestro tiempo.

El resto sucede en lo cotidiano. Y más importante aún: sucede junto a las personas que tenemos a nuestro alrededor.

Cuando alguien amado nos ha dejado, comprendemos rápidamente lo vacías que pueden resultar las experiencias extraordinarias sin su presencia. Aquello que un día fue motivo de entusiasmo se vuelve secundario frente al recuerdo de la persona con quien lo compartimos.

La vida no es la suma de momentos extraordinarios. Es la acumulación de momentos ordinarios. Y estos pueden vivirse con presencia, gratitud y alegría, o pueden desecharse con desdén.

De esa decisión depende algo profundamente paradójico:

«Si vivimos los momentos ordinarios con presencia, gratitud y alegría, nuestra vida se vuelve entonces extraordinaria.»

La búsqueda constante de experiencias extraordinarias esconde una verdad liberadora: deseamos vivir plenamente, pero no sabemos cómo.

Por eso buscamos y buscamos y buscamos. Sin advertir que no hemos perdido nada. Que la belleza de la vida siempre ha estado al alcance de nuestra mano.

La belleza de lo sencillo

No se trata de añadir nada. No se trata de fabricar experiencias especiales. Se trata de volver a mirar. De volver a escuchar. Y de volver a sentir.

Despertarse por la mañana con el canto de los pájaros.

Escuchar el sonido de la lluvia.

Desayunar sin prisa.

Conversar tranquilamente sentados en un banco del parque.

Comprar en el mercado sin prisa.

Leer a la sombra de una encina.

Pasear al amanecer.

Jugar a las cartas con los amigos.

Regar las plantas de casa por la mañana.

Cocinar una tortilla de patatas.

Escribir una carta a mano.

Tocar el piano sin que nadie escuche.

Sentarse cuando las piernas están cansadas.

Beber un vaso de agua fresca una tarde de verano.

Observar las nubes blancas cambiar de forma.

Beber un buen té japonés en una taza hecha a mano.

Observar una hoja caer lentamente.

Contemplar los rayos de sol entrando por la ventana.

Escuchar las campanas de un pequeño pueblo.

Percibir el silencio que queda después.

Compartir una comida con amigos.

Mirar fotografías antiguas.

Caminar descalzo.

Hacer la cama con calma.

Dormir una siesta en una tarde tranquila.

Abrazar a una persona querida.

Observar la luna en una noche despejada.

Contemplar el vapor que se eleva del té.

Decir buenos días mirando a los ojos.

Dar un beso de buenas noches.

Quizás la vida nunca estuvo escondida en las experiencias extraordinarias. Quizás siempre estuvo aquí. En lo sencillo. Esperando pacientemente a que aprendiéramos a verla.

Jordi Ibern
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