Volviendo al Japón de Edo: la ciudad de Ōzu, Shikoku

El Japón de la era Edo, Kisetsu
29 de junio de 2025

El Japón de Edo, también conocido como el período Tokugawa —por la familia que gobernó el país durante ese largo intervalo—, es una era en la historia nipona que abarca desde el año 1603 hasta 1868, cuando Japón se vio obligado a abrirse al mundo y, en consecuencia, a modernizarse. El shogunato Tokugawa tenía su sede en la ciudad de Edo (la actual Tokio), de ahí el nombre con el que se conoce este período.

La Era de Edo, un renacer espiritual

Durante estos siglos, Japón vivió una relativa, extensa y sorprendente paz, especialmente si tenemos en cuenta que venía de más de cien años de guerra civil, una de las etapas más bélicas, crueles y desgarradoras del Japón samurái.

La era de Edo fue un tiempo de prosperidad, de florecimiento cultural, espiritual y artístico. Fue entonces cuando muchos samuráis giraron su camino, no sin conflicto, de la lucha encarnizada hacia la vía del Zen. El shogunato Tokugawa logró la estabilidad nacional a costa de cerrar casi por completo las fronteras con el exterior. En este contexto —que seguramente muchos amantes de Japón anhelan—, se forjó la imagen que las películas, los relatos y las novelas nos han legado: una tierra de valores, de arte, de fidelidad, de honor, de contemplación y de profunda reverencia a la naturaleza.

Sería ingenuo pensar que durante estos siglos todo fue fácil, pacífico y luminoso. No. La comodidad, salud y seguridad a las que estamos acostumbrados quienes nacimos a finales del siglo XX y principios del XXI en el llamado primer mundo, distorsionan nuestra perspectiva. Durante aquellos años también hubo enfermedades, dificultades, injusticias y desastres naturales frecuentes, como lo son aún hoy en Japón. Sin embargo —y sin olvidar el rigor de su tiempo—, hablamos de un período dorado de la historia japonesa. Años de florecimiento interior.

El Japón que anhelamos

Cuando viajamos a Japón, quienes lo admiramos profundamente, llevamos en el corazón el deseo de encontrar ese Japón. Pero ese Japón se aleja, poco a poco. El mundo moderno acelera, y en esa velocidad, deja atrás —sin siquiera llorarlo— un pasado que no siempre fue peor.

Como quizás sepas, el Shin Shin Kaizen Usui Reiki Ryōhō —conocido coloquialmente como Reiki— nació en Japón durante la era Meiji, justo después del periodo Edo. La era Meiji merece también un profundo respeto, pues en apenas unas décadas llevó a Japón desde un sistema feudal hacia una modernización casi completa. El cambio que en Europa tardó siglos en consolidarse, Japón lo vivió durante el reinado de un solo emperador: el emperador Meiji.

El Japón que vio nacer el Reiki

Usui Sensei, monje budista laico japonés a quien debemos el honor de haber fundado la escuela de Reiki, era descendiente de una familia samurái, estamento que perdió su estatus durante la era Meiji. Admiraba profundamente al emperador Meiji, hasta el punto de incluir la recitación y meditación con sus poemas (Gyosei) en las enseñanzas del Reiki. Uno de ellos dice así:

Quien medita sobre sus propios errores
no mira con rencor al cielo,
ni reprocha nada a otros.

Usui Sensei vivió en una época convulsa, incierta y exigente, pero también profundamente transformadora en lo espiritual.

El Reiki —un conjunto de prácticas que bebe de fuentes budistas, sintoístas y taoístas— sostiene el proceso de sanación y armonización interior mediante la imposición de manos para la transmisión del ki, la energía vital que compartimos con los árboles, las montañas, los ríos, los dioses, las nubes y los mares. El conocimiento del ki (llamado qi en China y prāṇa en la India) se remonta al principio de los tiempos: existen registros de hace más de 5000 años en la antigua China. Pero la filosofía que nutre la escuela de Reiki está profundamente influenciada por dos épocas clave de la historia japonesa: la era Meiji y la era Edo.

El Japón de la era Edo en la actualidad

¿Es posible hoy en día encontrar el Japón de Edo más allá del arte y la literatura?

Afortunadamente, sí.

En la isla de Shikoku, mágica y algo apartada, se encuentra el Shikoku Henro, un peregrinaje de más de 1200 kilómetros que recorre 88 templos budistas, y que cada año emprenden miles de peregrinos vestidos de blanco, bastón en mano y espíritu abierto.

Y es precisamente en Shikoku donde se encuentra la encantadora ciudad de Ōzu. Pasear por sus calles empedradas, flanqueadas por antiguas casas de madera y silenciosos canales, es como viajar en el tiempo. Ōzu conserva el alma del Japón de Edo: templos discretos, jardines cuidados con devoción, tejados de tejas oscuras que se inclinan con elegancia y un ritmo de vida que parece haber escapado, por fortuna, de las prisas del siglo XXI.

Ōzu no es una ciudad que se visita con los ojos. Es una ciudad que se escucha con el corazón.

Y para quienes buscan un Japón más esencial, más contemplativo, más profundo, quizás allí aún se pueda entrever el espíritu que dio origen a lo que hoy llamamos Reiki.

Jordi Ibern

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